15 de marzo de 2021

Pistis Sophia 55.4: Ley, Justicia, y fuego sabio.


Carenadamente puedo filosofar de nuevo con bastante amplitud. Este precioso documento, aunque sea un apócrifo del tercer siglo después de Cristo (según he leído en diversos lugares), tiene mucho encanto para mi. Nuevamente el Cristo lo borda, o lo hace muy bien, al valorar la idea de Andrés y prometerle justicia futura.

Y es sobre el asunto de la justicia sobre el que me quiero extender hoy. Ahora. Es evidente que justicia y ley ,o leyes, son cosas muy diferentes. Es decir, aunque parezca una paradoja, no tienen mucho que ver aunque aparentemente puedan entenderse como emparentadas. Puedo poner varios ejemplos más o menos desarrollados para demostrar esta falta de coherencia pues, aparentemente, justicia y ley deberían ir de la mano, pero no es así, no es el caso ni hoy, ni en el pasado. Así lo entiendo y, encima, así lo siento. Y no es la primera vez.

Tras leer este párrafo lo primero que pediría es que cambiasen el nombre de las instituciones humanas que usan la palabra justicia. Es una falsedad. Es un engaño. Son lugares donde aplican la ley con cierta versatilidad, una versatilidad dependiente de factores diversos. Así pues debería llamarse : Ministerio de la ley, Ciudad de la ley, Tribunales de las leyes, etcétera. Desde un primer momento son entornos con una semántica equivoca e, incluso, esquiva. ¿Por qué digo esto? Pues hay múltiples ejemplos, aunque suenen rojos, donde a los pequeños delincuentes, que muchas veces son una rémora para sus vecinos inmediatos, son peor tratados que los grandes delincuentes. ¿Y qué es un gran delincuente? Pues aquel que roba a mantas y, en un momento determinado, es parado por los administradores de la ley de un momento concreto, por diferentes razones. Razones como: se está pasando tres pueblos en el robo, está llamando demasiado la atención, no está distribuyendo lo que se lleva, no está usando lo que roba como debería, etcétera. 

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