29 de febrero de 2020

Tercera Edad 8


Quiero remitirme , a modo de ejemplo, a los enfrentamientos que tuvo con las cuidadoras para expresar su estupidez argumental. El abuelo al que cuido se caga mucho en … y en las dos ocasiones las cuidadoras le dijeron lo mismo: Respete usted al señor, no diga esas cosas.
A una le respondió: yo me cago en quien quiera...y comenzó a hablar pestes de la cuidadora ; y a otra: que él estaba en su casa y que podía decir lo que le diese la gana, y comenzó a insultarla...La segunda cuidadora decidió dejar de venir y pidió que le cambiasen de servicio. La primera cuidadora dejó de trabajar en la empresa de asistencia y ahora va por libre.
Estas situaciones de choque son muy pesadas emocionalmente y, desgraciadamente, son relativamente frecuentes. Lo mínimo que me ha dicho, sin ser el único, ha sido: Bribón. ¡Que no haces ná! ¡Vete de aquí!...Pero por aquí sigo aún, aunque no me respete el abuelo. No supongo autoridad para él. Sinceramente, no ve, no escucha. Está cegado por su egoísmo, por sus frustraciones, por su dolor, por su visión negativa de las cosas. Es tremendamente infeliz.

Paralelo a este problema está el corolario de los descendientes del abuelo, o la abuela -que también sirve. Gestionar a los padres con apoyo de sus hijos es una delicia, gestionarlos con su indiferencia pesa un poco, pero gestionarlos con su oposición es indicio de marcha en breve. Esta relación de poder puede ser difícil de llevar, sobre todo cuando hay muchas discrepancias entre las tres partes expresadas: cuidado, cuidador y descendientes. Teóricamente deberían prevalecer las peticiones del abuelo, siempre y cuando el abuelo estuviese en condiciones de autogestionarse con ayuda; si no fuese el caso ¿Hasta dónde podría gestionar la casa el cuidador de forma autónoma? ¿Tendría que consultarle todo a los hijos o hijas? ¿Dónde estaría el equilibrio?

No hay comentarios:

Publicar un comentario