29 de febrero de 2020

Tercera Edad 11


El primero es una pequeña redundancia que ya relaté cuando escribí sobre mis experiencias en las residencias de ancianos. Se trataba de una abuela que tenía las piernas con graves problemas de circulación y a la que tras estar varias horas gritando de dolor en las zonas comunes , situación tremendamente violenta, observé finalmente dormida en su silla con una mantita de colores sobre su regazo. La habían sedado.

El segundo es el procedimiento que usan con los residentes violentos cuando pegan a las trabajadoras: los atan sin pensarlo dos veces. Evidentemente los atan en lugares no comunes, o en dependencias privadas. Es un asunto bastante desagradable y, evidentemente, lo solapan como pueden. Pero forma parte del protocolo de actuación ante casos de violencia física de los ancianos.

El tercer caso es uno que me ha pasado no hace mucho a mí mismo. Un asunto que necesito liberar o, sinceramente, descargar en este entorno.
Uno de mis cuidados tiene brotes violentos con su compañera de camino , entre otras víctimas. Ella es algo densa y él salta a la mínima de cambio. Y eso fue lo que sucedió aquel día. Estábamos comiendo juntos, asunto que suele llevar monólogos tensos, y la riña verbal ganó fuerza física y violenta. En un momento determinado él cogió un cascanueces , que usa para abrir botes, y amagó con tirárselo a su esposa mientras la insultaba. Aunque el cuidado tiene ELA lenta, enfermedad muy chunga, puede moverse y lanzar objetos. Paralelamente al bamboleo del cascanueces, en oposición a cualquier danza clásica, movía su silla de ruedas para embestir a su esposa chocando con la mesa que los separaba, la mesa de la cocina. Dada la amenaza, que en otras ocasiones había dejado pasar, decidí intervenir verbalmente y, tal como era de prever, se enfocó en mí.

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