18 de diciembre de 2019

Residencia 8.1.



Tenía pendiente la última entrada de esta saga que me dio por llamar: Residencia. Hoy es su momento. Es el momento del último capítulo, pues puedo centrarme un poco en un asunto tan doloroso y triste como este: el aparcamiento justificado y generalizado de personas más o menos enfermas.

Ha llegado el último turno, el de Alma. Creo que es el mejor nombre ficticio que puedo darle a esta persona que tanto hacía pasar a las cuidadoras , y que tanto pasaba en su dolor y en sus gritos. Alma, a parte de tener dos amigas fieles que siempre la estaban buscando, era una abuela sinceramente repelente. Era incapaz de escuchar pues , además de estar sorda, solo opinaba y juzgaba a las demás, incluyendo a las personas que prestaban servicio remunerado en la residencia. Le hablaba mal a las asistentas, a la coordinadora, a la enfermera, y a casi todas las personas próximas. Se había estado cuajando malas relaciones desde que llegó. Algunas trabajadoras la consideraban, con toda sinceridad, una autentica bruja.

La mejor imagen que recuerdo de ella es sentada junto a sus amigas cerca de una caldera de compost que caldea una amplia zona común acristalada, para que la luz exterior entre con facilidad.
Ella y sus amigas se sentaban alrededor de la fuente de calor y se iban pasando un matamoscas para ahuyentar los insectos. Que la residencia esté entre viñedos es lo que tiene, y cuando echan abono en el campo es fácil imaginar más consecuencias olorosas y locales.

Intenté hablar con ella en varias ocasiones y fue casi imposible. No había conversación considerable si no solo una actitud de escucha y respuesta a sus preguntas:

-¿Estas casado con la abuela que vienes a ver todos los días?
-No. Es familia política. Apreciarla la aprecio, pero no soy su marido. -acercándome a ella y hablando despacio.
-A vale. -antes de cambiar de tema ante la imposibilidad de seguir un diálogo.

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