30 de noviembre de 2019

Residencia 6.2


 
La primera ocasión en que Choquera captó mi atención entre todos los residentes fue un día de otoño y mañana soleada. Apareció en uno de los pasillos del vestíbulo principal moviéndose con su silla de ruedas a intervalos mientras, en los intervalos estáticos, movía los brazos al aire gritando.

-Esta ropa no es mía. Esta chaqueta no es mía. ¡Ladrona!

Y tras un corto desplazamiento de su silla seguía con su discurso al aire.

-Qué se le queden las manos pegadas en la chaqueta a la ladrona. ¡Sinvergüenza!
-Esta chaqueta no es mía. La Mía tiene bolsillos.

Ante su escándalo y después de repetir los mismos argumentos varias veces llegó cerca de la recepción y una de las asistentes le pregunto.

-¿Qué te pasa hoy?
-¡Que me han robado otra vez! ¡Esta chaqueta no es mía!
-¡Qué se le peguen las manos en la chaqueta a la ladrona, y que yo lo vea!
-¡Cálmate! Ya aparecerá.

Y Choquera fue bajando su volumen hasta calmarse y dejar el rumor habitual de la residencia: múltiples conversaciones en diferentes distancias, entre diferentes partícipes del espacio tiempo del vestíbulo de la residencia , un espacio amplio y luminoso que siempre lleva movimientos de personas y conversaciones. Que traslada cosas propias y ajenas de sujetos homínidos de diferente condición.

Observé en más ocasiones a esta mujer prácticamente centenaria, y el día más encantador fue uno en que la fisioterapeuta, que tiene setenta y cinco años menos que ella, la abrazó con cariño y la animó a andar un poco por el vestíbulo, que es como un corral de comedia y tragedia.

La Choquera no quería andar pero la joven fisio la convenció, y vinieron juntas en mi dirección. Ella con su andador y la “fisio” pendiente a su vera. Mientras caminaban juntas charlaban relajadamente:

-Que guapa eres – decía la “fisio”. Mientras ella andaba y sonreía.
-Gracias.
-Anda. Enseñale a él lo que puedes hacer.

Y risueña , un poco antes de mi posición, cambió el ritmo y con una especie de baile pasó correteando , y sonriendo, delante mía. No pude dejar de animarla con todo mi cariño mientras nos reíamos todos.

-Guapa. ¡De aquí a la maratón!
-Está bailando. -apunto la joven.
-Pues precioso baile. Gracias por el espectáculo. -añadí emocionado.

Choquera no dejó de andar bailando durante unos cuantos metros. Fue uno de los momentos más tiernos que he vivido en mis tiempos de residencia. Parecía flotar entre sonrisas como si fuese una niña de diez años saltando a la comba.

Cuando la joven enfermera pasó a mi vera dijo con sinceridad:

-Ojalá yo pueda llegar así a esa edad.

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