26 de octubre de 2018

El Sapo Manchego 1/2


Creo que fue ayer mismo, o quizás hace unos días, cuando me crucé con un sapo, un sapo con hogar. Esta es la breve historia de mi relación con él.

Existe un corralazo en la mancha que antes fue el garaje de un tractor, su remolque y almacén de los distintos aperos; pero ya no. Eso terminó. Ahora es un taller grande, una habitación con aseo exterior, un huerto, un pequeño jardín, un garaje, y una zona para futuros experimentos Carenados (ojalá).

El que esto escribe estaba metiendo en el corralazo su cochecito pobretón, una máquina de segunda mano que vale menos de dos mil euros, cuando al abrir las puertas se encontró al señor don Sapo. Dado que las puertas son anchas para que pasase bien el tractor con sus arados, con el carro, o solo, no podía comprender como había llegado ahí el dichoso sapo.

-Pero Quillo. ¿Qué haces aquí. Aquí no hay mosquitos? -le dije.

El sapo, de unos cuatro dedos de tamaño, estaba pegado a una de las hojas de acceso al susodicho corral y garaje.

-¿Qué hago contigo? No quiero atropellarte con el cochecito cuando pase - expresé en voz alta otra vez.

Preocupado por la integridad del ser vivo recordé que , probablemente, si lo tapaba o cubría se quedaría quieto. Al menos eso recordaba de algún momento de mi historia lamentable entre objetos y sujetos, y así ocurrió. Busqué un palaustre antiguo , o viejo, cubrí al animal con el equivalente a un tejado sobre él, y al taparlo se quedó quieto. Ya estaba resuelto el posible atropello y mi primer miedo. Metí el coche, hice mis maniobras y aparqué hasta que solo quedaba cerrar las amplias puertas.

Quité el palaustre y le di instrucciones al sapo:

-Vamos Quillo. Entra en casa. ¡Venga!

Entonces, el comenzó a moverse hacia el exterior del corralazo en lugar de hacia el interior.

- ¡Noooo! ¡Cachis! Quillo. Tengo que cerrar.

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