24 de mayo de 2017

Guerra entre dioses

Mondo era, en primera y segunda instancia, un amante de la no violencia. Pero que Ezequiel utilizara el ejército de los dioses menores contra ellos , y contra él, era demasiado. Dadas las características de ese ejercito angelical, los miembros de su religión del amor no tendrían ninguna opción sin ayuda. No podrían resistir los envites de las orbes de dioses inmortales de nivel básico regentados por Ezequiel. Si él no intervenía bélicamente con sus legiones de dioses menores, desaparecerían sus feligreses y adeptos humanos. Sería el fin de su proyecto enamorado. Desde su paradoja existencial, sitiada en el espacio tiempo eterno común, no tenía alternativa razonable: O el caos de la guerra total, o la vil aniquilación de sus creyentes y la supervivencia de los creyentes de Ezequiel. De repente sus proposiciones se volvieron ambiguas y paradójicas. Una religión defensora del amor que utilizaba la guerra como instrumento de supervivencia ante el opresor era un ético despropósito. Iba a convertirse , declaradamente, en una paradoja religiosa y absurda, tal como había sucedido con muchas otras religiones anteriores. Las dudas comenzaron a asediarle, a parte de la guerra inminente.

Al tercer día tras el aviso de Ezequiel a su hermano Mondo, el cielo se volvió negro y , siendo de día, llegó la noche antes de tiempo. Y la noche trajo miles de ángeles alados que buscaban cortar pescuezos de creyentes de Mondo. Unos creyentes que se llamaban a sí mismos: Mondamos -no vale reírse-. Los Mondamos, al principio, comenzaron a ser mondados a filo y espada, despellejados vivos. La crueldad fue atrayendo más crueldad y donde antes había guerra entre humanos, que Mondo no había podido erradicar anteriormente, ahora había guerra total, guerra entre dioses y humanos. Caos.

La orbes de la esfera de Mondo comenzaron a defender posiciones de Mondamos. Los enfrentamientos entre ángeles eran larguísimos y dada su inmortalidad no terminaban de matarse entre ellos. Sanaban las heridas y seguían la lucha. Era, desde un espectador foráneo al despropósito de la guerra, un empate técnico. Nadie establecía la diferencia. Lo ángeles luchaban contra los ángeles durante horas y los humanos comenzaron a convertirse en puros espectadores. Dado el espectáculo, los humanos dejaron de matarse entre ellos para contemplar las salvajadas angelicales, contemplar su supervivencia a todo tipo de descoyuntamientos, roturas, golpes, y clavadas.