26 de septiembre de 2016

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Guayabo, sin resolver su complejo de inferioridad económica y su ética afectada, no dejaba de tomarse su tapita de vez en cuando. Menos mal. En una de esas ocasiones de tapeo, demasiado poco frecuentes en los últimos años, tomó unas tapas con la mejor amiga de su mujer, cuyo nombre era Epistome.

Epistome, Guayabo, y esposa, tomaron tapas escuchando, básicamente, a la amiga. No era demasiado feliz y necesitaba ser escuchada como muchos de nosotros. Su vida no era plena. Aunque tenía trabajo remunerado, que no es lo mismo que trabajo puro y duro, su nómina siempre se terminaba antes del final del mes. Los ochocientos euros le resultaban demasiado cortos y breves. Algunos días tenía unas ganas gigantes de llorar intensamente. Era en esos momentos cuando tomaba la decisión de hablar con su madre, o llamar a su mejor amiga.

Epistome tenía que pagar un alquiler de trescientos euros, dar de comer a sus tres gatos llevándolos al veterinario cuando era preciso, no como otros, comer todos los días, cubrir los gastos de su coche que tenía que llevarle todos los días al tajo , situado en un pueblo de los alrededores de Sevilla, pagar la luz , el agua, y los seguros , tomarse unas tapitas de vez en cuando, comprarse ropa, y salir los fines de semana para flirtear con los hombres, y lo que no es flirtear con ellos. A Epis le gustan mucho los hombres y su cambio con cierta cadencia. Así entendía, y entiende, su felicidad sexual.

Epitome, mujer guapa de moño en coronilla, no llegaba nunca a final de mes. La última semana tenía que recurrir a su madre que, generosa, la ayudaba sin pedir nada a cambio. Madre.

Tras su historia compartida , sus amigos pagaron la “convidá” sin esperar devolución del detalle. A fin de cuentas a ellos las cosas les iban bastante mejor. Trabajaban los dos y estaban ahorrando. Ese gesto fue generosidad en aquel presente. Invitar sin esperar ser invitado. Invitar sin esperar ser invitados porqué podían. Eso fue lo correcto. Amigos.


Continuará...

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