24 de septiembre de 2015

Cede el paso si debes, y espera la Crítica




Parece que hoy no puedo conectarme bien a Internet desde el móvil, pero eso no importa pues aún existe el papel y el grafito.

Me hace gracia la limitación que supone la tecnología, cuando esta falla por la razón lógica que sea. De repente el móvil no se identifica al llamar. En un momento indeterminado es imposible conectarte a Internet a través de 3G, 2.5 G, 1G, o medio G, y sus mulas. Todo es un despropósito y, sencillamente, no tienes cobertura y en consecuencia no puedes hacer lo que te apetece en ese instante, rato y/o lugar. En estos momentos es cuando la tecnología antigua brilla con intensidad, y puede usarse para expresar conceptos e ideas hasta que haya red, y sino la hay se puede recurrir a impresoras, máquinas de escribir, o imprentas para expresarse y publicitarse.

Pero esta entrada de hoy no versa sobre los impedimentos tecnológicos que supone el fallo de sistemas inalámbricos de pago, sino sobre la forma en que se conduce en España y, por proximidad, en Andalucía, en este precioso e intenso sur.

Esto me ocurrió hace unos meses junto a Jacarandá, mi copiloto favorita. Veníamos por la A4, nos habíamos parado en una gasolinera de Lopera, habíamos comido una pizza cuatro quesos junto a un refresco de naranja muy azucarado, como casi todos los refrescos con azúcar que hay. Y al salir de la gasolinera, para incorporarnos a la autovía, había un precioso ceda el paso que consistía, y consiste en eso: en ceder el paso a los vehículos que vienen por la vía que tiene prioridad, que en este caso eran los vehículos que circulaban por la A-4. Esta redundancia conceptual de las frases anteriores, como muchas otras que uso en el tiempo de los sucesos normales y paranormales, obedece a que se dio la circunstancia de que la autovía venía petada de vehículos y, a mi pesar y no deseo , tuve que parar el vehículo hasta tener clara la incorporación y la seguridad de la maniobra.


Cual fue mi sorpresa que, esperando el momento de la incorporación, dos vehículos que iban tras de mí comenzaron a pitarme e, incluso, a maldecirme con aspavientos. Los dos se incorporaron a la vía adelantándome por la izquierda entre gritos y pitadas, y obligando a un coche , que circulaba por la A4, a cambiar hacia el carril de la izquierda para permitir la incorporación de los alterados a los que, inevitablemente, terminé uniéndome emocionalmente. 

Fue Jacarandá , en toda su ternura, la que me llevó a la calma tras varios minutos de maldiciones. Ella me sosegó con sus dulces palabras y caricias, tal como si fuera o fuese un caballo pedante y desbocado. Que preciosa es Jacarandá. Estoy enamorado.

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