7 de enero de 2015

Flatulencias en el ascensor


El ascensor de mi comunidad es normal, o sea que es como muchos otros. Pues su normalidad, cuando subo solitario a colgar la ropa al tendedero, es peligrosa desde el olor y su percepción, desde el ventoseado, aunque no desde el “ventoseador” o ventosean te. Sinceridad oliente ante todo.

Reconozco que estoy pensándome mucho volver a ventosear cuando suba al ascensor y, en soledad vertical, escuche el ruido del motor y el rozamiento de los cables que me suben o me bajan a la planta moviéndome ligeramente las tripas y su contenido. 

Prometo que a partir de mañana no ventosearé en el ascensor para no tener que aguantar la fatiga que he aguantado hoy. Nada más llegar a mi piso, tras soportar la nube del trayecto, he encendido una varita de incienso que me regaló mi compañera de camino. Me ha servido mucho para olvidar el olor soportado. Un olor que casi ha sido dolor. Como curiosidad indicar que he estado al lado de la varita de incienso durante diez minutos.

Entiendo que la soledad íntima del espacio limitado de un elevador es razón suficiente para pensar en aligerar peso y gases, pero también entiendo que dejar el regalo para el siguiente viajero es cruel, salvo que el viajero nos caiga mal y, en consecuencia absurda, se lo merezca. 

Pienso que no hay nada mejor que ventosear caminando cuando caminamos solitarios por la acera, pues si viene alguien detrás puede llevárselo recién hecho. 

¡OJO con los pedos en el espacio y el tiempo!

¡OJO con los pedos en los espacios cerrados, y comunitarios!

Imagino unos calzoncillos, o bragas, preparadas para no transmitir las ventosidades hacia el exterior. También temo lo que pueda suceder cuando el usuario se quite la prenda imaginada.  

Es peligroso quemarlos sin precauciones. Cuenta la red que deben ser incendiados con prudencia, pues alguno que otro se ha quemado el trasero tras la guasa de la trompeta con fumarola.

En conclusión: sois libres de peer, o no peer.