22 de junio de 2014

Arribada


El otro día, yendo en el tranvía sevillano, sucedió algo extraño. El silencio se hizo dueño del volumen y, a su vez, el tiempo. Todo quedó quieto, estanco, estático... Sin ninguna máquina perceptible que parase el tiempo, o hiciese intento de ello. Desde ese momento, en el maldito tiempo de las cosas, de los sujetos y de los objetos, el tranvía y sus ocupantes comenzaron a levitar como si hubiesen perdido su masa. Los pasajeros estáticos y estancos no perdieron su posición relativa dentro del tranvía pero sí el tranvía, y su contenido, dentro del todo. Los ocupantes estaban quietos mientras nuestra cobertura metálica , en forma de tranvía moderno, levitaba hacia una nube gris en el cielo.

Durante el extraño suceso un servidor tenía la sensación de que los demás estaban inconscientes salvo yo. ¿Sería mi egocentrismo animal? ¿Los otros percibían lo mismo? Evidentemente, no lo sabia. Nunca había conseguido meterme íntegramente en la realidad mental de otro ser, nunca lo he conseguido, y menos aún en la realidad mental de una mujer. Somos tan distintos, sin ser más o menos ¿Cómo puede compararse un estambre con un cáliz? Ninguno es más o es menos, y quien busque grados está enfermo de ego. La igualdad en la preciosa diferencia es la cuestión.

El tranvía, tal cual bonita ristra de chorizos, se dirigía tranquilo hacia la nube gris con forma de puro o zepelin. Cuando llegamos al interior de la nube fue cuando realmente perdí la conciencia -si la he tenido alguna vez-, e ignoro si los demás viajeros del extraño pasaje padecieron lo mismo. En mi caso, que es el que brevemente narro, sentí una electrocución perturbada ,y general, hasta despertarme dolorido en una poltrona de extraño tejido. En estos momentos estoy escribiendo desde mi smartphone y me dejan acceder a Blogger, pero solo tengo este contacto virtual con la realidad. Me están alimentando por una portezuela, y me dejan expresarme libremente en la red.
No comparto habitación con nadie, y tampoco escucho a nada ni a nadie. Solo tengo mi móvil moderno de pantalla grande, y un teclado ergonómico que me permite escribir con comodidad, no esas teclas infames de un teclado diminuto y táctil. ¡Socorro! No sé para qué inventaron la palabra ergonomía, en los smartphones se la han pasado por la entrepierna varias veces repetidas.

Bueno. Continuaré escribiendo entradas mientras me dejen. Saludos desde mi extraña celda. Ya describiré mi cárcel en próximas entradas, post, au artikoloj.

¡Anda! Debajo de la cama, de extraño tejido, hay un diccionario de Esperanto.


¡Gis la revido!