18 de noviembre de 2012

Una pequeña, incluso larga, anécdota.


Escribí a trescientos kilómetros de Sevilla un pequeño relato que ahora no me aparece en un pequeño equipo que tengo para procesar textos sencillos. Escribí un pequeño relato que parece haberse perdido en algún lugar del pequeño computador de los cojones.
Como me encanta contar historias, aunque ya las haya escrito antes, hoy cuento esta historia ,perdida, de nuevo. Lo curioso de todo esto es que aunque la idea sea la misma, pues se trata de una anécdota en el metro madrileño, el relato no podrá ser idéntico. Estoy seguro de ello. Noto, siento, que mis historias evolucionan y dependen de mis emociones y desequilibrios temporales (el desequilibrio permanente es irreparable). Mis historias cortas, con alto contenido emocional y anecdótico, dependen mucho de mis emociones durante el tecleo. Sabiendo eso, comienzo el relato de nuevo basándome en mis recuerdos y sus paranoias, o en mis recuerdos y mis paranoias.

Por cosas del destino subí hace poco al metro Madrileño, ese que tiene unas cuantas lineas en lugar de UNA sola como el sevillano, y descubrí, volviendo del piso de unos amigos madrileños, que para llegar a LEGAZPI desde SAINZ DE BARANDA podría haber cogido, a la ida, el metro circular, la linea 6 del metro, o la linea de color gris... Pero no fue así a la ida, y rectifiqué mi error a la vuelta yendo hacia LEGAZPI. Cuando llegué al anden pregunté a un latino que si estaba en el andén correcto para ir hacia Legazpi. El hombre muy educado me confirmó que estaba en el andén bueno.
- Este es. Es aquí. -sonriendo.
- Gracias -le dije educado y tranquilo antes de comenzar a esperar al número seis.
Mientras esperaba escuché toser a una niña. La escuché toser, toser y volver a toser. La niña tosía tanto, y tan a menudo, que solo percibí su presencia y la de su padre que no sabía muy bien que hacer, a parte de dejarla toser.
- ¿Quieres agua?
- Nooo. -tosiendo de nuevo.
En la desesperación paternal el padre sentó a la niña en el banco, y él se puso de pie a su lado. En definitiva la pequeña niña rubia dejó de estar en sus brazos. En ese momento , y de forma espontanea durante una de las toses, la pequeña eyectó un vómito que llegó a la vía. Con una longitud de unos dos metros, el chorro de vómito se convirtió en una buena vomitona sobre el suelo de una estación madrileña. Que asco. En unos segundos la niña pareció calmarse, dejó de toser, fue limpiada por su padre, una ciudadana le ofreció pañuelos de papel, y yo busqué algo que ofrecer sin encontrarlo. Ante la atención que ya recibía la pequeña, me quedé observando y quieto. La niña ya estaba más calmada, el padre la había limpiado, y el vomito, con grumos, permanecía cerca de la vía de la linea seis. La gran vomitona había dejado muy tranquila a la pequeña, y su padre le dio el chupete. Llegó el metro y los presentes nos convertimos en viajeros. Solo la vomitona quedó estática en el suelo.
Por cosas del destino, o de la casualidad, el padre, la niña y el que escribe esto nos bajamos en la estación de Legazpi. La niña sonreía en los brazos de su padre y farfullaba algo incomprensible a través del chupe. Con la premura típica del tránsito en los transportes públicos, nuestra llegada al anden coincidió con la bajada de un ascensor del que descendieron un montón de personas. Aprovechando la coyuntura, subimos corriendo al ascensor el padre, la niña, un servidor, y unas dieciséis personas más. Ya en el interior del ascensor miré a la niña, pregunté sonriendo:
- Ahora no. ¿Vale? -yo estaba en su trayectoria.
El padre miró a la niña y hacia otro lado. La niña, junto a su chupe, me miró farfullando algo de nuevo. No puede evitar una redundancia ante el silencio de los presentes que , evidentemente, no comprendían, o quizás sí, el anterior comentario.
- Ahora no vomites. ¿Vale? - yo seguía en su trayectoria junto a otros usuarios.
El padre, receptivo, miró a la niña y hacia otro sitio otra vez. La niña, junto a su chupe, me miraron farfullando algo de nuevo y llegamos al piso necesario saliendo juntos del ascensor. Mientras caminábamos hacia la salida, el padre le quitó un momento el chupe a la pequeña que dijo muy sincera:
- Vomitado, papa. Vomitado.
- Si hija. Sí. Has echado la leche, la fruta, el yogur y las galletas. Lo has echado todo.
Miré a los dos, me despedí con un sencillo: adiós...Y salí corriendo hacia las escaleras. El autobús hacia Los Olivos salía en unos minutos. Prisas ante vómitos y horarios fijos. Trantor, o Madrid.

Posdata: Trantor es el planeta administrativo de la trilogía de las Fundaciones de Isaac Asimov . Madrid siempre me recordará a ese planeta que descubrí entre las fantasías de Asimov. Ciencia Ficción.