12 de febrero de 2012

Quiero ser funcionario


En tiempos de profundo paro visito la biblioteca Infanta Elena para las tardes. Eso me permite ver sus tripas. Tripas que no conocía. Desde las aceras hacia su interior descubro sus órganos fundamentales: vitrinas, lamparas, estantes, libros, mesas grises, sillas pardas, un corazón lleno de usuarios. Aunque los usuarios más apetitosos para mí son los femeninos, sería más correcto expresar usuarias, esa idea de usuaria no deja de ser una visión egoísta de parte de los asistentes al lugar, al templo del estudio y del escepticismo. 

La luz artificial, interna y densa de la biblioteca durante las tardes cortas de invierno, la desnuda por dentro. Que placer. Se ven lectores, y lectoras, de edades varias pero lo que más sorprende es la presencia de opositores y opositoras torcidos sobre sus bancas, sobre tochos crueles de conceptos manidos y esclavos, sobre temarios. Esos temarios cerrados que cambian cada año son la única salida hacia un trabajo seguro. 

¡Qué placer!

Placer de la seguridad antes que de "panacea" de auto-realización. La auto-realización vendrá después si llega. La idea: ¡Quiero ser funcionario! Se nota en la luz de la biblioteca durante las tardes de invierno. Forma parte inevitable de su corazón rugiente. Un opositor puede crear poco pues tiene vedado el camino, solo hay una luz, un agujero definido, un aro; y hay que pasar por él...
Envidio al funcionario pero no al opositor.Los opositores son tan distintos en las tardes de invierno, que el corazón de la biblioteca late conjugado entre sus temarios cerrados, casi opacos. Por eso las tardes de invierno son cortas, son oscuras, tristes. 

El opositor sufre e incluso se prostituye. El funcionario tiene trabajo seguro, puede trabajar cobrando, puede comprar. Debe ser mi envidia, y  su celo, la que escribe este texto de hoy. Pobre animal "tecleador".