30 de marzo de 2010

Un momento romántico.

Estamos en Semana Santa y quiero subir algo relacionado con ella. Como antiguo católico, apostólico romano podría subir algo religioso pero no puede ser. Prefiero subir algo romántico. Bueno…al menos intentarlo.

Sucedió hace muchos años que una muchacha y un muchacho andaluces quedaron para ver al Cristo de los Estudiantes cerca de los Jardines de Murillo. El muchacho era joven, si quiera más joven. La muchacha era guapa, siquiera más guapa además de musa del muchacho. Su gran musa.

Desde hacia tiempo no quedaban solos porque siempre iban con más gente, con más amigos. Para no perderse entre el gentío observador se cogieron de la mano. Que gesto tan sencillo. Que pequeño gran gesto.

El muchacho sabía lo que sentía y quería que durase. La muchacha no lo sé. La cuestión es que ese muchacho andaluz no perdió la mano y la siguió hasta el punto más interesante para observar. Juntos encontraron el lugar cerca de una de las puertas metálicas de la antigua Facultad de Derecho. Un edificio de diseño institucional y simétrico. Un edificio algo oscuro iluminado por estrechos focos.

Juntos, como decía, y ubicados se juntaron más aún. Ella quedó delante y el atrás mientras mantenían sus manos entrelazadas en la noche que se marcha. Esperaron largos y breves minutos. La piel seguía en la piel. Los dedos seguían cruzados. Estaban abrazados ella delante y él atrás; ella se dejaba. Estaban apretados. Juntos un tiempo sin fin.

Y el Cristo comenzó a salir tras sus nazarenos negros, si quiera oscuros. Ella apretó sus dedos entrelazados sobre él. Él flotó. Sus pelos se erizaron algo tiesos. Su alma congelada no se lo creía pero era el principio del final. Ella se soltó en cuanto paso el paso y se terminó el contacto. Poco después fue el fin. Fue algo apropiado ante un irresponsable.

El muchacho era yo, y ella era mi musa. La gran maestra que continúa su camino mientras yo sigo el mío. Caminantes.