14 de noviembre de 2009

La tostada,el aceite , y Ella.

Voy a presentaros un relato corto de algo que me sucedió esta misma mañana tomando un café.
Venía de comprar varias entradas de una película del festival de cine europeo y paré, por casualidad,… en el lugar que narro.


El amplio y luminoso bar es una cafetería olorosa de Nervión. Entro buscando una butaca alta y libre frente a la barra. Las camareras están muy buenas. Tanto la que me atiende como la que pone las pequeñas “tostàs” doradas antes que quemadas. Un corpiño rallado, en blanco y negro, cubre su tronco y sus decorosos e insinuados pechos presentes y tapados. Del corpiño para abajo llevan unos pantalones negros y poco apretados que marcan, levemente, buenas y jugosas formas de guitarra, amantes de la percusión y del roce ajeno. Pero esta no es la historia de este momento; aunque les parezca extraño; aunque les parezca mentira.
Con el café en la barra y dando el primer buche aparece una joven por mi derecha que pasa a mi izquierda. Pide café con media tostada y se sienta en una silla junto a una mesa redonda de sesenta. No escucho el ingrediente con que piensa untar el pan.
Todo va bien en mi mente plena de libido y reflexiva:

“esta chavala “también” está buena, y es más joven que las camareras”.

Tomo el segundo sorbo mientras continuo en esa, en mi nube, que me embarga y pierde. Sin esperármelo llega la tostada dorada para esta guapa mujer joven. Decidida se pone a impregnarlas de aceite de oliva en la mismísima barra. Con una dulzura estudiada, imposible para un varón, agarra la botella prismática con su aceite y cánula final, inoxidable. Su sensualidad natural, más que femenina, reparte el líquido aceitoso por una de las pequeñas tostadas. Se da cuenta de que es observada y enrojecen sus mejillas; miro unos segundos hacia otra parte; hacia otro sitio. Sus gestos y mirada perturban mi caldeada imaginación; erótica antes que pornográfica. Sus uñas son largas pero no están pintadas. Sus manos son jóvenes y cuidadas, pero sin excesos de manicura. Pensando estos detalles “hincaos” en mi cerebro, vuelvo a mirar con el mínimo descaro posible. Está empapando la otra tostada y cambia la botella de mano. Su chaleco blanco deja ver delicadezas sexuadas en sus nuevos movimientos, aumenta mi visión y la perspectiva de su erótico reparto de aceite. Reparto erótico en mi mente pedante. Pedante, salida y sincera.

¡Sevillana guapa!
Grito por dentro sin poder hacerlo.
Grito por dentro mientras se marcha a su silla; a su mesa redonda.

Pago, termino mi café y al salir solo la veo de espaldas; solo veo su espalda blanca y la taza en su mano. Un maromo ,con barba, también la ha observado desde la barra.
¿Habrá gozado como yo?

La biología, “par diez”, es sabia.
¡Que Sevillana tan guapa y que gestos salidos de género!
Un grato momento de observación imaginada…

Constantino Carenado, un sincero pedante salido, lleno de hormonas y de paz.