13 de julio de 2009

La Obsesión desde mi perspectiva interna

Pensaba terminar el artículo sobre el libro de Aznar pero, como casi siempre me sucede, ocurren cosas que frenan el proyecto para generar nuevas reflexiones. Reflexiones como esta. Reflexiones amparadas en mi naturaleza claramente obsesiva y en los acontecimientos imprevistos (imprevistos para mí). Tranquilos. No pasa nada. Más personas de las que creéis, o pensáis, tienen este “defecto” o cualidad. Pero no quiero dar nombres ni seudónimos. Voy a hablar solo de mí por no ofender a nadie. Pues se trata de un asunto tabú; como muchos otros.

La obsesión por las cosas, por los seres vivos y por las personas (sobre todo del sexo opuesto) puede constituir un problema; o no. Según lo vea uno; según lo sienta uno; según lo sienta uno con los demás; y según lo sientan los demás, aquellos a los que tu vida y tu felicidad les importa.
He hablado antes de esta característica de mi personalidad como una de las que justifican mi romanticismo y mi idolatría hacia mis musas de toda la vida. Pero un romanticismo e idolatría, desde mi visión, controlado. Sobre todo en los dos últimos años. Los años de Medusa. Mi exmusa Medusa. Pero ahora no voy a hablar de ella. Hoy no.

¿De qué me sirve a mí, a Constantino Carenado, obsesionarme por “las cosas” en general?

Voy a explicarlo lo más brevemente posible para que lo entiendan los que quieran entenderlo. No puedo hacer nada más.
Lo primero que tiene que pensar un lector lleno de prejuicios es que este texto no es para él o para ella. Si tienes muchos prejuicios interrumpe aquí tu lectura, no continúes. Total,  solo vas a leer más tonterías o más “chuminás”…de un “loco”.

La obsesión por algo es contemplar en el tiempo nulo, en el tiempo apagado,…Viene a ser como una “foto emocional” como las que he escrito en este blog sobre la musa de Poniente y el viento que mecía su pelo…Observen:

Nadie sentirá tu pelo como yo,
Flotando al viento dentro del reflejo.
Nadie sabrá nunca que hay bajo tu pelo,
Ni bajo tu perfecta sonrisa.

Nadie.


Pienso que esto se apoya, sea buena o mala la poesía- me da igual-, en parar el tiempo en mi recuerdo. Un recuerdo de unos segundos repetidos a lo largo de un recorrido en la furgoneta desde un barrio a otro. En total ignoro el tiempo de observación. La clave, en mi caso, estriba en centrarme en ese momento, en obsesionarme en ese momento y gozarlo como si fuese lo más importante. A partir de esa sensación brotan las palabras. Salen solas.
Utilizando esta cualidad/defecto de la obsesión, también consigo aferrarme a una sensación desagradable de enfado y soltar un discurso de los míos para liberar mi tensión o frustración. Por ejemplo:

Realmente estoy decepcionado, en pleno siglo veintiuno, con los actos de los gobernantes, políticos o económicos, del mundo en que vivo, donde me ha tocado vivir y compartir.  Un mundo absurdo, cruel y desenfocado.


Creo que he sido suficientemente claro. Ser obsesivo, en mi caso, tiene sus ventajas. Os dejo los comentarios para que me pongáis verde. Usaré las palabras y las letras, mis únicos instrumentos, para defenderme.

Buen destino.

Posdata: sigo siendo un chimpancé sin pelo o con pelo...y obsesivo....¡Huuuuuu!