21 de julio de 2009

Excursión a Madrid. Parte Uno:el apretón.

Como no podía ser de otra forma mi pequeña excursión tenía que empezar con carreras. Las dichosas carreras.
El cansancio de la rutina y la oferta de jota (una de sus ofertas absurdas y divertidas) me habían llevado otra vez a Madrid. En esta ocasión en autobús nocturno.
La carrera inicial era inevitable sencillamente porque me he enviciado. He llegado a una situación donde los horarios no son para mí. Sencillamente porque no los tengo. Me he metido en la noche y como llevo tiempo sin obligaciones horarias…para comenzar la pequeña excursión a Madrid salí tarde de casa. Lo de siempre, en la frente. Tan justo salí que llegué a la estación cinco minutos antes de la teórica salida.
¿Dónde está el autobús?
El autobús no está.
No hay ni uno siquiera de la empresa de marras. Pensando en “positivo”…
¡Lo he perdido!
En cuanto veo a un conductor de otra empresa le pregunto…
-Buenas noches. ¿El autobús para Madrid?
- En el anden diecinueve. En el diecinueve.
-Gracias.
El autobús no está en su andén y hay un montón de gente esperando, sigo caminando para bajar mis pulsaciones.
Subo, bajo, bajo y subo. Y en uno de mis tránsitos, con micción aliviada, aparece el bus en el andén. Viene de Huelva.
Entro en el autobús y comienzo a ver a mis compañeros de viaje: chinos, chinas, rumanos, rumanas, negros, negras, españoles, españolas y latinos que no tienen cascos para escuchar la peli. No hay nada de xenofobia en mis letras sino verdad. Verdad porque mis compañeros y compañeras de viaje empiezan a hablar por teléfono:
- un rumano a mi espalda.
- una mujer negra y subsahariana a mi izquierda en su lengua africana. Lengua indistinguible para mi pero rica en vocales. Una mujer negra linda, chata y guapa.
¡Que escote!
En esas condiciones intento dormir sin rozarme. Conforme corren los kilómetros soy menos temeroso respecto a los roces en la frontera entre nuestros sillones. Demasiado pudor, poco contacto querido o no querido. Posiciones inútiles.
¡Para una noche en blanco!
Lo mejor: mi vecina de asiento.
¡No sé que me sucede con las vecinas!
Y esta era de ébano, joven, linda, chata, guapa, de pelo trenzado y frente despejada.
El sillón, cada rato, se hacia más estrecho. No sabía como ponerme. Y en el vehículo lo más familiar era la radio de fondo que se escuchaba en un español tenue. Me sentía pasajero en tierra extraña. Una sensación curiosa. Era de esperar que el bus nocturno, la forma de transporte Sevilla-Madrid más económica, fuese multicultural o pluricultural. O fuese un transporte variado en lenguas y colores. No me disgusta, solo me sorprende.
¡Todos somos humanos!
Mal que les pese a algunos.

Tras mi noche de insomnio autorregulada llegamos a la estación de autobuses Suroeste. Son las cinco de la madrugada.
¿Y ahora que hago?
Dejo a la mujer de ébano hablando por teléfono; ella ni me ve. La estación esta repleta de personas esperando. Me vuelvo a preguntar lo mismo:
¿Qué hago?
Y me respondo:
Patearme los alrededores, situarme mentalmente en la urbe y buscar la entrada del metro más próxima para dirigirme a Atocha.
Descubro que el metro lo abren a las seis (es un descubrimiento fundamental); seguiré paseando con esta improvisación total con que tanto disfruto.
Durante unos minutos soy un caminante solitario en los alrededores de la estación sur. Sin saberlo, ni esperarlo, se me presenta en la frente la avenida del Planetario.
¿La avenida del planetario?
Y al planetario voy. Conforme camino veo las cúpulas semiesféricas de los observatorios simulados. Los observatorios de base cilíndrica y cabeza semiesférica.
¡Coño el planetario! ¡Ahí está!
¡Y yo que quería visitarlo!
Dejo a mi derecha el museo de Ángel Nieto. Un museo que parece abandonado. En cuestión de minutos llego al solitario Planetario. Los dos estamos solos en la noche. Miro los tablones de anuncios. Hay un montón de actividades infantiles y algunas conferencias inviables para mi.
Horario de verano: 11h a 13:45 h . Por la tarde no lo recuerdo. Miro de nuevo uno de los tablones:
Libro de fotos de Marte: 15 euros.
-“ya vendré” –me digo a mi mismo-
Vuelvo a la estación para no permanecer quieto, hace un poco de frío. No me lo creo pero es muy cierto ,por eso no dejo de caminar. Cerca de la estación contemplo uno de los mapas municipales retroiluminados…Atocha está cerca, iré andando, pero antes de coger la ruta voy a tomarme el primer café. Busco y veo trabajadores nocturnos del ayuntamiento; localizo un camión en doble fila y leo cerca de él:
- Café, churros y porras.
Me quedo con lo de café, me lo tomo tranquilo y pregunto:
¿Para Atocha?
-Esa avenida…”palante”.
- Vale. Hasta luego.
Y caminando noto cierta carga en mis intestinos. Aprieta la necesidad y lo que no es la necesidad. Mi mochila y yo hablamos a gritos callados:
-“En Atocha Constantino” “En Atocha”
- Aguanta.
Y la estación llega al final de la larga avenida de Méndez Álvaro. Son las siete de la mañana.
-¿Los aseos? ¿Dónde están los aseos?
Los localizo, como en otras ocasiones, pero hoy para aguas mayores. Y entro en el aseo con mi mochila pequeña. Un útil lleno de lo necesario para estos dos días de excursión. Tardo un poco en aliviarme y limpiarme. Al salir del retrete contemplo dos hombres maduros observándome con mirada interrogante. Su pinta total es de polis de paisano. Mientras me lavo las manos uno se queda mirando desde lejos mi cubículo de “cagada”, por si he dejado algo, y después a mi. Intento transmitirle, mentalmente, una frase concisa:
“- Soy un cagón, no un terrorista”.
El otro poli de paisano (a todas luces) me precede en la salida del aseo, se gira, me mira y expresa sin expresar:
“-¡Pero hombre!”
“- Ya le he dicho a su compañero. Soy un cagón”
Sigo caminando y dejo atrás la situación. Pienso para mí:
-“¡Tenía que cagar!”
Para que iba a ir a consigna, dejando la mochila, si dentro de un rato iré a alguna biblioteca cercana para escribir o leer; y al revés. Decido tomarme un vaso de leche mientras escribo. Mientras escribo esto que acaban de leer. Eso si, mientras lo escribo en un cuaderno cuartilla con mi portaminas; nada de PC portátil o sucedáneos. Eso para después.

Constantino Carenado. El cagón que no era un terrorista.

Posdata: el terror crea estas situaciones cómicas y malolientes. Ya no se puede cagar tranquilo. Pido mi disculpas a los preocupados policías… ¿Tengo que pensar en todo?
¿La próxima vez cago en una bolsa? No puedo negar que en Atocha hay algo de paranoia.

¡Terroristas! ¡Sois unos cabrones!
No dejáis cagar tranquilo a nadie.
¡Es el colmo!
Es el colmo del absurdo.