28 de julio de 2009

El niñato y la niñata ¿Prejuicios de la edad media?

¡Tengo que escribirlo! ¡Tengo que escribirlo! Vengo diciéndome desde que salí de la hamburguesería. Como con frecuencia, este artículo lo escribo bebiendo cerveza. El oro amarillo. Ese que viene del trigo o de la avena, que yo sepa. Nos miramos la cerveza y yo mientras le hablo y escribo estas sandeces y reflexiones simplistas.

Esta paranoia, de un chimpancé como yo (condición de la que me alegro más de lo que ustedes pensáis), surge de observaciones en la cola de una multinacional de hamburguesas. Una de las pocas. Pero abandono su nombre, porque no merece que la mencione o mente aquí.

Pues esperando en la cola productiva para hacer el pedido y pagar. Solo veo espaldas y los encargados preparando y entregando los pedidos de cerdo, ternera, pescado o pollo. Carnes a la brasa o rebozadas. Comida rápida.

No veo ningún monumento de mujer y el encargado de turno parece sencillo y asimétrico; me recuerda a mi mismo. Pago mi menú y me dan un billete con mi pedido y un número de orden. Me quedo a esperar a que me llamen cerca de la barra para darme la bandeja con mi comida. Como puedo hacerlo, aunque a algunos les parezca un ejercicio solitario y triste, observo intensamente y con disimulo lo que acontece en derredor. Como la observación siempre es subjetiva aparece en mi campo de percepción, espacio temporal y mundano, una pareja. Una pareja muy joven. Son un niñato y una niñata… ¿O quizás los estoy prejuzgando? Que cruel soy. A los diez segundos el chico deja a la chica en la cola se sienta y desde lejos le da instrucciones. Ella pone mala cara, pero no dice nada, y escucha:
-La hamburguesa que sea la X
Y continúa escuchando:
- El refresco de cola o (si no) sin cola.
El chaval es bueno dando órdenes desde su asiento. Ella lo consiente de pie. Lógicamente esta paranoia es porque ella lo consiente. Podría pensar que es mi envidia la que capta esto. Pues piensen lo que quieran. Solo sé que estoy viendo una pareja novata y joven y, a todas vistas, machista. Machista por ambas partes. Por todas partes.

El encargado grita mi número y, como voy a cenar solo en sala, busco un sitio libre y solitario. Busco y encuentro una de estas soledades en que uno está rodeado de gente y, a la vez, está solo. Una de tantas paradojas de nuestro mundo, y de los grupos o tribus. Me siento en un puesto libre. Comienzo a observar y sentir mientras inicio mis masticaciones. Nada interesante. Debo ser yo. Estoy aislado y no recibo nada, no siento nada, solo apetito y vacío.

Cerca de la ventana del antro, o lugar, veo lo que no quiero ver. Veo a la chavala, niñata machista en este caso, que lleva la bandeja, y él va detrás dando instrucciones. Se sitúan, ella y él en un sitio, y el chaval se pone a flirtear con dos jovencitas de una mesa próxima. Ni siquiera les presenta a su compañera, no dice nada. La chavala permanece frente a él en silencio mientras el varón habla. Se ponen a cenar y no veo ningún diálogo o charla. No comprendo nada. Quizás sea que no soy un niñato. La chavala ni se queja ante los actos de su compañero. Más bien los asume. Visto lo visto, en este caso, me da igual que sean hermanos, novios o primos.

¡El machismo continúa!

Al menos de cara a la galería. Y detrás de la galería prefiero no pensar ni imaginarme.
No tengo sensación de que hayamos avanzado en algo. No percibo cambios. Me parece que el cambio solo es en el aspecto “modelado”…pelo corto, polos apretados, delgadez, zapatos de no se qué y conversaciones vacías.

Me voy triste al cine. Antes de entrar escribo esto mientras, puntualmente, charlo con los camareros del sitio cervecero que frecuento.

Constantino Carenado. Un chimpancé peludo que se siente libre de hablar y decir sobre la especie a que antes pertenecía. El chimpancé que escribe, ha hablado otra vez.