6 de mayo de 2009

El tranvia desde fuera.

Este relato de hoy comienza como peatón y termina de la misma manera.
Son las siete y media de la mañana, acabo de dejar el bus y voy hacia el tranvía que está saliendo en este momento; la pantalla parpadeante expresa un transito durante unos segundos. Cuando se estabiliza dice claramente: Plaza Nueva 5 minutos.

Hoy voy con tiempo y no quiero esperar al siguiente gusano.
¡Voy a ir andando!
Dejo atrás gente en la estación del Prado. Ellos y ellas prefieren esperar. Camino sin prisa y sin pausa, algunas bicicletas me adelantan. A mi derecha voy dejando el edificio de los juzgados penales. Un edificio gris y feo con ganas. Feo por dentro y por fuera porque se juzga a ladronzuelos y se olvidan de los ladrones ocultos; los codiciosos que no se ven. Lo lobos con piel de cordero. Pero esa condición solo la saben los lobos porque las autoridades…Las autoridades no. La codicia no está penada; solo algunos se delatan a sí mismos tras un error de cálculo y, solo entonces, son detectados. Pero la historia de la codicia es otra, no es esta que estoy relatando. Es distinta. Ya os contaré.
Mis pasos dejan atrás el extraño edificio gris que, a mi pesar, busca el concepto de justicia en la aplicación de las leyes sobre los presuntos inocentes…
¿O eran presuntos culpables? ¡Calla! ¡Calla!

Los jardines de Murillo están frente a mí. Los miro tras los coches que pasan y ellos, los jardines, me miran a mí con su felpudo de albero. Los jardines miran con ojos verdes y suelo ocre a través del tráfico. Y miran a todos los peatones.
Un tranvía arriba por mi izquierda en sentido hacia el Prado. El tranvía de las siete y cuarenta. Cuando esta cruzando la avenida el paso se abre a los peatones y peatonas (que no he podido dejar de “bichear” mientras esperaba el visto bueno del semáforo).
¡Lo siento!
¡Que mujeres tan lindas caminan!
Unas en silencio
Y otras en tacones…
Tamborileando el asfalto.

A mi pesar dejo los Jardines de Murillo a mi derecha dirigiéndome a la calle San Fernando. La antigua facultad de Derecho se me acerca. Esta es una fachada en condiciones, no la de los tristes juzgados. Los juzgados grises. ¿Querían darle seriedad el edificio gris?
¡Pues lo consiguieron!
Pero quiero olvidar el bloque gris de los juzgados. La cuestión es que la antigua fábrica de tabacos, que después fue facultad de Derecho, Historia y Filología me esta saludando iluminada desde mi izquierda. Toda una atención para cualquier caminante.
Y dejando la capilla externa del edificio me meto a la derecha en un café.
¡Tengo tiempo!
Tiempo de un café relajado.
Saludo, como siempre, a los camareros y camareras. Como muchos clientes que entran para tomarse el primer café de la mañana; antes de llegar a la oficina o al tajo.
Con el café templado en la mano busco una mesa para escribir un mensaje a mi musa:
“Te quiero aunque tu solo quieras mi dinero y cobertura. Te quiero en tu caos y mi locura. Tu locura es mi locura. Que tengas un buen día Musa Querida”
Y le envío, hoy, dos mensajes concatenados. Mis pensamientos, un día más, están con ella.
¿Qué es el amor?
¿Alguien lo sabe?
Creo que no.
He terminado el café y entre los pensamientos y el mensaje me ha vuelto a coger el toro. Son las siete y cincuenta. El tiempo justo para llegar a la oficina entre las ocho, y las ocho y cinco.
Me despido hasta otro día y la despedida es corta y frecuente:
-¡Buen Día!
La calle San Fernando se estrecha con mi estrés mental y mis pasos acelerados. Un tranvía me sobrepasa mientras una bicicleta lo adelanta en la curva hacia Constitución.
¡Corren más algunas bicis que el gusano pacífico!
Por eso, por eso es pacífico. Porque lo pacífico y la tranquilidad están semánticamente cerca.
La Avenida de la constitución parece larga pero es una falsa sensación. En cinco minutos se deja atrás el palacio, correos y la Catedral.
Además en esta avenida siempre te cruzas con una cara conocida: “la rubia reflexiva”, “el super pelo”, “la jaquetona de pelo negro”, “el cojo”, “la del banco”, “la amiga de Eva”,… Un montón de caras cuyos nombres desconozco. Caras conocidas con nombres ignorados…Por eso los llamo así.
Con tanta prisa no he visto el giraldillo, ni la catedral,…Sin percatarme ,en mis prisas mezcladas con pensamientos caóticos, se me cruza el ayuntamiento de frente.
¡Concho! Si ya estoy llegando.
No he visto nada. Solo he pensado en el trasero de mi Musa, en la obra de Cerralba, y en sus bragas…
¿Las bragas de Cerralba?
¡No!
Las bragas rojas y ajustadas de mi musa, en el aseo del Riki. En Morón. Morón de la Frontera.
Solo he pensado en glúteos, y trabajo, durante toda la avenida de la Constitución. Hay imágenes que nunca se olvidan. Imágenes rojas ajustadas al mínimo que quedan “incáas” en el cerebro.
Con estos obsesivos pensamientos la calle Tetuán se me presenta y no recuerdo haber visto más que la bicicleta que adelantó al tranvía. Y, esforzándome, algunas bicicletas más lentas o tranquilas.
Mis pensamientos han podido más que mi percepción; y desde la ingesta del café solo he pensado en mi Musa Medusa y sus glúteos pintados de rojo. Solo he pensado en mi Musa Medusa junto al ansia de llegar a la oficina…
Embobado y en mi mundo de erotismo y trabajo acabo de llegar al curro. Acabo de vislumbrar los mejores compañeros, y compañeras, que he tenido y tengo. Todos se encuentran al pie del Teclado.
- ¡Hola! ¡Buenos Días!
- ¡Hola mamón! ¿Cómo estas?
- Bien. Ya veo que los gorilas me saludan…
El buen ambiente comienza y continúa. Da gusto trabajar de buenas maneras y en un entorno sano y sin zancadillas. Un ambiente sano y franco. Da gusto, a que negarlo. Es un lujo. Es un auténtico placer.

Constantino Carenado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario