22 de mayo de 2009

El niño que llora

En las historias del tranvía de Sevilla siempre se presenta el mismo entorno. Tarde o temprano se presenta el gusano pacifico por dentro e, inevitablemente, por fuera.
Hoy, ahora, alguien muy especial he entrado en la parada de correos. Bueno, vale, en la del Archivo de Indias.
En dirección al Prado entra MJ. con su carro. Si, si, MJ. , una de las antiguas musas de Constantino Carenado. Es ella con su complexión delicada, casi frágil, su cara de ángel y una espalda plana hasta los talones. Y el carro es de niño; de un niño pequeño; un niño de menos de un año. En cuanto entra en el espacio “gusanal” de ruedas metálicas y de acero, empieza a llorar.
Su llanto es sistemático, sistémico, incluso obstinado. Y después de dos minutos es pesado. En un llanto tremendo y constante.
MJ. intenta tranquilizar al pequeño pero no lo consigue mientras el metrocentro se mueve ella permanece de pie con el caro y su niño a la vera. Permanece cerca de una de las barras metálicas y verticales; tipo menir bruñido.
Ante el continuo e insaciable llanto muchas mujeres mayores y menores, y algunos jóvenes y viejos, se acercan a MJ. y al carro con el niño que llora.
¡Pero llorar!
Las mujeres del grupo que ha surgido intentan consolar al pequeño. Dos mujeres mayores, tres mujeres jóvenes, un anciano, y un joven. No caben más a la vera del carro ni en el sito. Entonces, solo entonces, una señora le dice a MJ.
¿Puedo coger al niño?
Y cuando coge el niño, el niño es de goma y los llantos son grabados. La señora más afectada, en primera instancia, mira a MJ. con rabia clara.
-¿Es esto una broma? ¡Hija!
- Es un experimento. Señora.Un experimento.
- ¡Un experimento! - levantando la mano para endiñar a MJ.-
Y, gracias a Dios, llega la parada de Puerta Jerez porque MJ. sale corriendo y deja el carro dentro con las personas que estaban preocupadas por el llanto desconsolado del “teórico” niño.
Un caballero, ante el evento, se acerca al carro y dice muy serio.
-Señora. Se trataba de un experimento social no de una broma. He estado grabando, desde el principio, todas sus actitudes y comportamientos.
- ¿Y ese experimento para que era?
- Para comprobar que aún hay algún tipo de solidaridad.
La señora mira al caballero después de lo dicho. Lo mira de nuevo redundando su incomoda queja y le dice, mientras el grupo de solidarios se va dispersando en el interior del tranvía:
- Quizás merezca la pena el experimento.
- Señora. Puedo decirle que lo merece. La solidaridad no ha muerto, solo está aletargada.
Un aplauso inunda reverberando el monovolumen de veinte metros de largo; inunda el tranvía de Sevilla. Veinte metros de largo por dos treinta de ancho; por dos cincuenta de alto inundados de emociones y aplausos. Parece que hay futuro todavía.
El Señor baja con el carro en el andén del Prado. M. J. viene andando y él va a su encuentro. Dentro de un rato estarán preparando el informe sociológico que les ha encargado una institución benéfica.
Cuando MJ. Y el hombre del carro se reencuentran ella comenta:
- Lo he pasado muy mal. Casi me cargo el papel.
- Todo ha ido bien y los registros son impresionantes –sonriendo satisfecho-.

Constantino Carenado.

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