19 de abril de 2009

La nube blanca y gigante

Adela es una mujer morena, guapa y de ojos mielosos. Eróticamente cilíndrica como ninguna otra. Normalmente nunca viaja en el tranvía pero hoy. Hoy precisamente ha aparcado cerca de la biblioteca pública para coger el Metrocentro desde el Prado hasta Plaza Nueva.
Ella trabaja cerca de Plaza Magdalena, como el perito Paco. Con su maciza robustez anda desde las proximidades de la biblioteca publica Infanta Elena hasta la parada de los Juzgados. Y anda con prisa y meneándose muy bien. Le da ritmo a sus zapatos negros de tacón estrecho.
Adelaida esta ansiosa por coger ese tranvía del que tanto hablan Constantino y Paco. ¿Por qué ella va a ser diferente?

Así pues, después de muchos años, se ha animado a ser una de esas bellas mujeres que adornan el metro a las siete y media de la mañana. Una morena cilíndrica de metro y medio con unos glúteos tan intensos que son aptos, irremediablemente, para observarlos baboseando y con detenimiento casi insano. Pero esa es otra historia.
La cuestión es que decidida y dispuesta compra su billete en la maquina expendedora bruñida y metalizada. El billete es grande y, sonriendo, va hacia el gusano pacifico que espera a un montón de personas que acceden sin prisa y sin pausa. El silencio es el ruido ambiente presente. Solo el silencio. Nadie habla. Adela entra ilusionada en el gusano. Realmente es difícil, para ella, ilusionarse por algo pero cuando lo hace es de una manera totalmente decidida.
Como una niña en una atracción nueva se coloca de pie prieta a una barra vertical próxima a las puertas. El temporizador externo indica que quedan tres minutos para la salida. Adelaida va a observar el recorrido por las ventanas. ¡Eso! ¡Va a disfrutar el viaje!
Pero las puertas se cierran antes de tiempo sin pitido alguno. Además se cierran cuando todos los asientos han sido ocupados y la única persona en pie es ella.

¡Ella de pie!
Los demás sentados
Y el tren cerrando sus puertas
Sin ningún pitido de aviso
, como le habían dicho.

Adela mira a la cabecera pero, pero, el conductor no está, y las puertas ya están bien cerradas.
¿Cómo podía estar antes el conductor en su puesto, y ahora no?
¿Qué está pasando?

El tranvía comienza a coger velocidad siguiendo su camino acerado. Adela es la única persona que va de pie. Mira a los hombres y mujeres sentados que no se han dado cuenta de ese simple y llano detalle. No han observado la ausencia del conductor.
-# Esto es normal #. –Piensa Adela-.

Dudosa en su grandeza de miel, la de sus ojos y mirada, decide acercarse a una mujer rubia que está cerca de ella.

-Hola señora. ¿Es normal que no haya conductor?

La señora con cara de sorpresa se dispone a responder inmediatamente pero, pero no puede hablar. Un esparadrapo de tejido color carne ha aparecido de repente sobre sus labios. La señora se asusta e intenta gritar y quitarse el tejido adhesivo pero no puede. ¿Por qué ella no puede mover más que sus ojos y sus parpados? Y la chavala que le ha dirigido la palabra, nuestra querida Adela, puede moverse perfectamente. O sea ¿Por qué la chavala se puede mover y ella no?
Adelaida gira su cabeza, con su rizada y larga melena entre castaña y negra, y contempla seria que todos los presentes están con sus bocas tapadas e inmovilizados en los asientos. Bueno más que inmovilizados están paralizados. Lo único inmovilizado son los labios. Todos los labios de todas las personas, excepto Adela, están tapados con esparadrapo de color carne. Y nadie puede quitárselo en su absurda parálisis.
En esto Adela tiene la sensación de que el tranvía se eleva de las vías pero, en su necesidad de atender a los viajeros paralizados, no puede contemplar como el metrocentro cruza la catedral por encima dejando el templo, con su pedazo de giraldillo, debajo.

¡El gusano pacifico!
¡El gusano pacifico está volando!
Sobre el cielo sevillano.

La ruta que sigue el Metrocentro es irremediablemente extraordinaria. Incluso, de forma extraña, le da una vuelta a la giralda como si fuese un Tío Vivo. Tras trazar varias circunferencias alrededor del campanario de la Catedral de Sevilla, el tranvía volador inicia una espiral ascendente hacia una nube blanca y gigante que absorbe el metrocentro poco a poco, hasta desaparecer en su esponjoso interior.

Adela, mientras todo esto sucede, ayuda a una señora mayor que parecía asfixiarse al no poder respirar por la nariz. Milagrosamente consigue retirarle el esparadrapo y tras respirar varias veces con intensidad, observa angustiada que no consigue articular palabra alguna. La señora mayor esta muda y comienza a llorar con los ojos muy abiertos. El color blanco de su pelo brilla de angustia recogido en un moño “coronil” .Adela que es una mujer fuerte, vivaracha y llena de palabras alegres, tranquiliza a la mujer como puede.

-¡No pasa nada! Calma. Todo esto tiene que tener alguna explicación.

Nuestra querida mujer, de pelo negro y rizado, mira por las ventanas y solo ve una niebla blanca muy densa. Ha estado tan atareada atendiendo a las personas próximas y a la señora que casi se asfixia…Que se lo ha perdido todo. No puede dejar decir en solitario y casi gritando:

-¡Pero que concho esta pasando!

Decidida comienza a moverse a lo largo del vehículo gusano para ver si puede ver algo. O sea ¡Ver algo a través de las ventanas y detrás de la niebla blanca! Pero por más que mira por una ventana o por otra. No ve nada. Solo el color blanco. Niebla blanca por todos lados.
Observadora y segura de sí misma comienza a secar lágrimas, y a consolar, a muchas personas que lloran de desesperación y de miedo. Varias, de hecho, han perdido la conciencia y duermen con los ojos cerrados y sin esparadrapo. Pocos viajeros saben que están dentro de una nube, aunque si notan que el vehículo gusano se ha parado.

Abajo. Debajo de la gran nube blanca, que rodea por completo el tranvía volador, la catedral ya no está. ¡Ha desaparecido!
Peatones, viandantes, hombres de negocios, madres, niños y mujeres impresionantes ven el hueco que ha dejado el templo. Porque el templo no está. ¡El templo no está! ¡Se ha ido!

Poco tarda en aparecer la policía que desaloja un montón de personas del solar plano que ha dejado la catedral. No están ni las escalinatas de acceso. Y la giralda permanece con el giraldillo, con su plaza, y un extraño solar donde antes estaba la catedral. Donde estaba solo hace unos minutos…Donde estaba el templo gótico más grande de España. Los medios de comunicación y helicópteros policiales aparecen para contemplar asustados el solar donde antes estaba; donde antes estaba la catedral.

Además la nube blanca y gigante tampoco esta ya. ¡El cielo esta despejado y el suelo también!
La avenida de la Constitución se ha quedado sin su impresionante fachada y ahora ofrece frente a si un solar grande y vacío. Con la giralda visible, en toda su longitud, al fondo.
Adela ve como se abre una sola puerta del tranvía y se dirige hacia allí muy decidida.

- ¡Cago en too! ¿Miedo yo?

Y sale del vehículo por la puerta recién abierta. Antes de abandonar el tranvía ve un suelo de baldosas oscuras. Comienza a caminar decidida hacia un punto claro que se agranda y al llegar a él; mira hacia arriba y no puede dejar de gritar sorprendida:
-¡Coño! Si estamos dentro de la Catedral de Sevilla. ¡Cago en too!
No sabía que parase aquí dentro
–Y se ríe de su propio chiste mientras continúa explorando-

Y mientras anda con sus zapatos de tacón negro sobre las losas cuadradas, comenta nuevamente para sí:
-# Esto solo me podía pasar a mí #

En esto la música de Titán suena en su bolsillo. Es su móvil y llaman de la oficina… ¡Oficina! (expresa la pantalla). Adela coge el teléfono y empieza a charlar dentro de la Catedral…

-Continuará-

Constantino Carenado.

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